Para mí, ser socia de la AEPG significa sentir que no trabajo sola, sino acompañada por una comunidad comprometida con hacer visible lo que hacemos y por qué importa. Es un espacio de encuentro y formación continua, en el que se pone nombre y rostro a la psicogerontología desde una mirada rigurosa y humana. En definitiva, una asociación donde compartimos la misma pasión por el bienestar emocional y cognitivo de las personas a las que acompañamos.
