«El clamor desde el olvido» un artículo de opinión de Sol Martínez Fresno

El clamor desde el olvido

Humanización de la asistencia a residentes geriátricos.

Sol Martínez Fresno*

El respeto a los derechos de las personas ancianas, en los parámetros de justicia inclusión y solidaridad, es descriptivo de la ética y la cultura de una sociedad. La calidad asistencial que ofrecen las residencias geriátricas en nuestro país nos habla de nuestro nivel de humanización; no solo en los conceptos éticos de derechos y deberes, sino también de emociones y sentimientos (Gilligan, 1993).

La población española, junto a la italiana, es una de las más envejecidas de Europa. El Instituto Nacional de Estadística (INE) no publica datos sobre este sector de población desde el año 2013; curiosamente, es el Ministerio de Economía y Competitividad quien actualiza las cifras sobre residentes geriátricos.

Hay en España un total de 5.417 residencias, de las cuales 3.844 son privadas y 1.573 públicas; en conjunto ofrecen plazas a 372.985 personas (Abellán, Aceituno, y Ramiro, 2019).

El modelo macro-residencial ha experimentado un crecimiento exponencial en nuestro país. En los últimos veinte años se han duplicado este tipo de residencias que alojan, cada una, entre cien y quinientos residentes. Pero, estas cifras referidas a las personas residentes en geriátricos no traducen sus problemas cotidianos.

Los informativos televisados han relatado la situación en las residencias mediante una representación difusa que no ilustra una realidad que, al parecer, ignoramos: las experiencias de vida de las personas que habitan estos centros. Incluso, durante el estado de confinamiento por coronavirus, en algunas cadenas de televisión hemos visto desviar la atención de los casos de deshumanización asistencial -históricos y anteriores a esta crisis- con tratamientos informativos tan frívolos como dedicar un minuto a que un enfermero, dirigiéndose a cámara, felicite a su abuela por su cumpleaños: “…por circunstancias, hoy no puedo estar contigo” [1]. O lo que más se ha visto, con el morboso resultado de afectar la sensibilidad de la audiencia: reiteradas imágenes de ataúdes saliendo de las residencias.

* algasfrescas@gmail.com
[1] Este verbatim y todos los siguientes proceden del Glosado del Diario de Campo que elaboré observando informativos televisados de abril a junio de 2020.

Como espectadores, confinados en nuestros domicilios durante tres meses por alerta sanitaria, íbamos hilvanando y contrastando la información que nos ofrecía cada cadena televisiva: “Los mayores son el colectivo más vulnerable en esta pandemia”; “las residencias son las instalaciones más afectadas”; “preocupa la falta de personal laboral en las residencias”. Mensajes transmitidos por una voz en off o un texto rotulado, mientras vemos, otra vez, “un operario ataviado con un EPI (equipo de protección individual) desinfectando con una sulfatadora”.

Una representante de la Sociedad Española de Médicos de Residencias indica: “Necesitamos atenderles teniendo un contacto muy directo con los residentes. Eso unido a que tienen sintomatologías inespecíficas, hace que, cuando se diagnostica el Covid-19, en muchas ocasiones el pronóstico sea muy evolucionado”.

El 72% de los fallecidos por Covid-19 en España eran residentes geriátricos. Según RTVE , a 1 de junio de 2020, han fallecido más de 19.570 residentes. Tengamos en cuenta que este balance, facilitado por el Ministerio de Sanidad, solo incluye personas diagnosticadas.

Tanto en imagen como en contenidos, los informativos televisados utilizan códigos que son convenciones de los media. Por ejemplo, para representar residentes geriátricos muestran una mano anciana sujetando un bastón, el horizonte de una fila de sillas de ruedas vistas desde el suelo, o imágenes similares. Cierto es que la intimidad de las personas es un derecho y preservarla un deber, por eso se les suele representar de forma anónima. Pero estos símbolos que pretenden definirles, al no describir sus interacciones en la vida cotidiana, no expresan su corporeidad individual ni social. Es decir, al eludir representar sus particularidades quedan encasillados en estereotipos que transmiten a la audiencia un perfil homogéneo y estático que, además, les estigmatiza. Otras veces los informativos, en su discurso narrativo, hacen una representación distorsionada de su circunstancia: “Pepita, con 95 años, ha superado el Covid-19”.

Aunque hoy en día los medios que utilizamos para informarnos son múltiples, es común en muchos hogares compartir el espacio doméstico viendo informativos televisados; un ritual cotidiano cargado de significación simbólica para muchos (Ardévol y Montañola, 2004).

En mi propia casa durante el confinamiento nos arremolinábamos alrededor de la pantalla queriendo conectar con la actualidad de las noticias que comenzaban con estadísticas: cifras sobre contagiados, fallecidos y recuperados. Día a día, íbamos acostumbrándonos a las cifras como si, al concentrar nuestra mente en ellas, se atenuase la opresión emocional y el desconcierto psíquico causado por las pérdidas humanas, la incertidumbre de la situación, y el miedo.

Es fácil comprender que harían lo mismo muchas personas ancianas en las residencias geriátricas, ávidos de información frente al televisor, pues su sensación de vulnerabilidad y aislamiento era extrema. Especialmente pienso en quienes no estaban afectados de demencias -tipo Alzheimer u otras, patologías comunes entre residentes-.

Atentos a la presentadora: “… ya son trece las residencias intervenidas”, “…familiares de los residentes denuncian una falta de transparencia y aseguran que no conocen en qué situación se encuentran los ancianos”. Y sin parpadear mientras escuchan al familiar de una residente fallecida cuánto lamenta ante cámara no haberse podido despedir.

La transmisión de incertidumbre y miedo que estas personas ancianas han recibido a través de la televisión, solo podía verse superada por la palpable proximidad del comportamiento alterado de
algunos de sus compañeros, otros internos sí afectados de demencias, que desorientados gritaban ante la presencia del personal laboral irreconocible bajo EPIs improvisados con bolsas de basura.
Repercusiones emocionales y psíquicas que los informativos no relatan y que nosotros -el resto de la sociedad- no podemos o no queremos conocer.

El tratamiento informativo no ayuda a la comprensión de los hechos: “…siempre atendidos por un personal que a pesar de la falta de material acude a atender a los ancianos, pues para ellos -dicen-, aunque haya enfermedades incurables no hay enfermedades incuidables”, comenta el locutor con fondo musical de la canción Resistiré.

Una terapeuta ocupacional, explica: “Realizamos videollamadas con sus familiares, hacemos bingo…”. Una residente interrumpe: “La de dibujo viene todos los días a ver si necesitamos algo”. El personal laboral hace lo que puede: “En la residencia municipal de Sariñena en Huesca veinte personas voluntarias dejan a sus familias para encerrarse en cuarentena y cuidar a los residentes”.

También hay casos en contrario: la ministra de Defensa, Margarita Robles, respecto a la intervención de la Unidad Militar de Emergencias (UME) declara que «el Ejército ha podido ver ancianos absolutamente abandonados, cuando no ha encontrado durante las tareas de desinfección residentes muertos en sus camas».

Las bajas laborales durante la pandemia -un 60% según el Círculo Empresarial de Atención a Personas (CEAPs)- acentúan un problema que viene de lejos: falta reconocimiento económico y social a un personal que realiza un trabajo duro, física y psicológicamente.

Un auxiliar comenta: “Acudes a la residencia y observas que casi todos los trabajadores son nuevos y no hay organización, […] Por dentro sabes que las personas que nos dedicamos a la geriatría somos la quinta mierda y que cuando pase esta crisis, lo seguiremos siendo”.

La Sociedad Española de Geriatría y Gerontología (SEGG), indica que el ratio de enfermería en residencias es cinco veces inferior al de los hospitales públicos. Un dato descriptivo del trato que reciben estas personas ancianas que, como último eslabón de la cadena, sufren las consecuencias del sistema establecido.

Entre otras cosas porque, ante ésta carencia de profesionales que supervisen en las residencias, muchas son atadas literalmente (Burgueño, 2013) y/o sedadas con fármacos. Hechos que vulneran su dignidad su integridad física y su libertad; derechos inscritos en la Constitución Española (1978), artículos 9, 10, 15 y 17.

Aplicar terapias complementarias no-farmacológicas (Hernández, 2013), centradas en las necesidades concretas de cada residente (Martínez, 2013), y ejercer un cuidado ético, no es compatible con estos ratios profesionales en uso. La escasez de personal también impide que las personas asistidas disfruten la salubridad que ofrecen los espacios exteriores; muchas veces vetados también por la inadecuación arquitectónica a las necesidades concretas: “en la mayoría de las residencias no cabe una camilla por la puerta de las habitaciones”.

Hablar de los beneficios de las residencias geriátricas lleva a pensar en su rentabilidad económica -gran negocio para algunos (Rico, 2020)-, más que en su utilidad social. Desconocemos en qué son buenas para las personas ancianas: si la alimentación que les ofrecen es adecuada, si disponen de recursos sanitarios y apoyo psicológico, o qué actividades realizan para su estímulo físico cognitivo y anímico. En suma, ignoramos qué calidad asistencial ofrecen las residencias y cómo es la experiencia de las personas que las habitan.

Haber detectado «la existencia de personas ancianas residiendo en malas condiciones de salubridad, así como residentes fallecidos, ha llevado a la Fiscalía General del Estado a abrir 191 diligencias civiles y 171 penales relacionadas con la gestión del coronavirus en las residencias españolas”.

Por otra parte, se han constituido asociaciones de familiares de fallecidos en residencias con coronavirus para presentar querellas contra el Gobierno ante el Tribunal Supremo por presuntos delitos de homicidio imprudente, omisión de auxilio, y prevaricación en la gestión de la pandemia”.

Una periodista pregunta ante cámara a una residente:
-Hoy que por fin entramos en fase 2 pueden empezar a recibir visitas, ¿Tendrá usted ganas de ver a sus familiares después de dos meses de confinamiento?
-Pues sí -responde-; sobre todo a mi bisnieto, que acaba de cumplir un año y no le veo desde que tenía cuatro meses”.

Seguramente, no tendremos dudas respecto a garantizar para la infancia calidad e igualdad en la enseñanza, como refleja la Constitución Española en sus artículos 14 y 27. Del mismo modo cabría esperar, en base a sus artículos 9 y 39, que a las personas ancianas -muchas necesitadas de tutela- se les garantice un trato digno.

En conclusión, la representación que hacen los informativos televisados de las personas residentes en centros geriátricos no describe el tipo de asistencia que reciben, pero la actualidad les ha llevado a ser protagonistas de unos hechos que nos evidencian que, como sociedad, carecemos de una asistencia geriátrica humanizada y de una ética del cuidado.

La situación cotidiana que viven las personas ancianas en las residencias -ya desde antes de la pandemia- es un tabú social: su experiencia de vida y de muerte durante el periodo de confinamiento nos demuestra que desconocemos sus circunstancias y sus necesidades, y que el modelo residencial necesita una profunda reconsideración.

Quizá ésta realidad sea ignorada por dolorosa (Torralba, 1998), pero es negada aún siendo necesaria de afrontamiento individual por cada uno de nosotros desde la propia vulnerabilidad.

El clamor de estos olvidados por su propia sociedad demanda a gritos reflexión colectiva, como paso previo que implique posteriores acciones de nuestros políticos -más allá de una utilización partidista- en la supervisión de las residencias, tanto públicas como privadas. El control de su gestión es competencia transferida a las comunidades autónomas, pero la calidad asistencial que ofrecen habría de ser periódicamente re-evaluada. Quizá por un equipo unificado de titularidad estatal, constituido por expertos gerontólogos y consejeros senior residentes, creadores de un decálogo ético cuyo garante de aplicación sería el Estado, mediante una Ley de Residencias.

Implica también la participación de una sociedad capaz de evaluar las necesidades -físicas, psicológicas, emocionales y espirituales- de las personas ancianas, con el reconocimiento común de
su derecho a un trato digno, sin excepciones ni estigmas edadistas; una ética del cuidado que tenga en cuenta la afectividad en las relaciones, la humanización de la asistencia, y valore las capacidades de las personas ancianas en sus posibilidades de aportar a la sociedad a la que pertenecen -cuando menos, nos evidencian la necesidad de reflexión- [2].

Y, finalmente, las posibles aportaciones de cada una de nosotras en la búsqueda del significado último de la existencia, y del sentido ontológico de la etapa de la vejez en el ciclo de nuestra vida.

[2] Desarrollé esta cuestión en Paisajes Silentes (2015). Huesca. CESB

REFERENCIAS BIBLIOGÁFICAS

  • Abellán, Antonio; Aceituno, María del Pilar; Ramiro, Diego (2019). Estadísticas sobre residencias: distribución de centros y plazas residenciales por provincia. Datos de abril de 2019. Madrid: Informes Envejecimiento en red No 24, 24 p. Recuperado de: http://envejecimiento.csic.es/documentos/documentos/enredestadisticasresidencias2019. pdf [última revisión: 25 de junio de 2020].
  • Ardévol, Elisenda; Montañola, Nora (2004). Representación y cultura audiovisual de la sociedad contemporánea. Barcelona: Editorial UOC.
  • Burgueño, Antonio Andrés (2013). Tolerancia cero a las sujeciones. Difícil pero no imposible. Informaciones psiquiátricas. No. 212. p. 153-168.
  • CEAPs Círculo Empresarial de Atención a Personas. (2020). Informe analítico de gestión en centros residenciales en España durante Covid-19. Cap. Gestión de recursos humanos. p. 27.
  • Constitución Española (1978). BOE, No 311. (29 de diciembre de 1978). Recuperado de: https://www.boe.es/buscar/doc.php?id=BOE-A-1978-31229 . [última revisión: 25 de junio de 2020.
  • Gilligan, Carol (1993). La moral y la teoría. Psicología del desarrollo femenino. Méjico: Fondo de Cultura Económica.
  • Hernández, Marta (2013). Estrategias no farmacológicas en las demencias. Informaciones psiquiátricas. No. 212. pp. 137-151.
  • INE (2013). Censos de Población y Viviendas 2011. Población residente en establecimientos colectivos. Recuperado de : www.ine.es/prensa/prensa.htm . [última revisión: 25 de junio de 2020].
  • Martínez-Fresno, Sol (2015). Paisajes Silentes: reflexiones sobre una experiencia con residentes geriátricos y cinematografía. Huesca: CESB. Disponible en: http://www.cesomontano.es/images/pdf/paisajes_silentes.pdf . [última revisión: 25 de junio de 2020.
  • Martínez, Teresa (2013). La atención centrada en la persona. Algunas claves para avanzar en los servicios gerontológicos. Actas de la Dependencia. Vol. 8, págs 25-47.
  • Rico, Manuel (2020). El otro gran negocio con las residencias. Recuperado de: https://www.infolibre.es/noticias/politica/2020/05/11/el_otro_gran_negocio_con_las_res idencias_fondos_inversion_inmobiliarias_destinan_cientos_millones_comprar_geriatricos_106655_1012.html . [última revisión: 25 de junio de 2020].
  • RTVE (1 de junio de 2020). Radiografía del coronavirus en residencias de ancianos. Recuperado de: https://www.rtve.es/noticias/20200625/radiografia-del-coronavirus-residencias-ancianos-espana/2011609.shtml . [última revisión: 25 de junio de 2020].
  • SEGG (18 de marzo de 2020). Pautas SEGG Covid-19. Colaboración servicios geriatría hospitalarios. p. 3. Recuperado en: https://www.segg.es/media/descargas/pautas-SEGG-covid-19.pdf . [última revisión: 25 de junio de 2020].
  • Torralba, Francesc (1998). Antropología del cuidar. Madrid: Instituto Borja de Bioética y Fundación Mapfre Medicina.
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Publicado en: Artículos temáticos, Noticias
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